sábado, 27 de diciembre de 2014

El secreto de Daniela

El secreto de Daniela

Sentada en el cordón de la vereda  a la sombra de los olmos de la plaza, estaba Daniela.
Su tez blanca  siempre develaba  en colores lo que le pasaba. Esta vez, surcos de barro salado marcaban el paso de las lágrimas.
Cortaba palitos una y otra vez,  como si masticara en silencio alguna idea.
A ella le había encantado tener una hermana con un novio que fuera a la facultad, que tocara la guitarra, que tuviera ese pelo lindo ,algo rizado( como el de ella), y que tuviera esa barba suavecita. Creo que su nombre de pila era Charly.
Esta vez sí que estaba ofuscada , no entendía. Por más que quebrara palitos, su seño no aflojaba.
Era mi amiga del alma, la flaca Daniela, compañera , compinche, aventurera del barrio  igual que yo. Soñábamos ser piratas, astronautas , princesas árabes, pájaros . Corredoras de carrera, nadie nos superaba ni en patines  ni en bicicleta.
Aún no nos enamorábamos , nuestras confidencias eran sueños para cuando fuésemos grandes.
Ese día, Daniela no quería jugar ni al tejo , ni al viejito, ni a hacer bolas de barro para tirarle a la vecina hippie desde lo alto del árbol.
Seguía ahí , cortando palitos, mirando el piso del asfalto.
Cuando llegaron las demás amigas la rodeamos y le preguntamos qué pasaba.
Nada , dijo. ¡¡Mentira!!  Y rompió en llanto.
Nos hizo jurar por nuestra madre que no diríamos nada a nadie:
Su papá había dicho que a “ese barbudo” lo había denunciado  por subversivo, terrorista.
Éramos pequeñas pero sabíamos que eso significaba que no lo volveríamos a ver nunca más.
Que su hermana estaba embarazada y que su mamá (en realidad la abuela) iba a ser “la madre del bebé”.
Fue terrible ese secreto.
Fue terrible la promesa de no contarlo a nadie.
Fue terrible  el silencio cómplice en el que habíamos quedado.

A Charly nunca más nadie lo vió.

Toque de queda

Toque de queda

Chivateábamos felices  con nuestros primos en las barrancas de la cañada. Llenos de tierra  arcillosa , empolvados de arriba a abajo ,nos deslizábamos entre las grietas y zanjas cavadas por la lluvia.
Era difícil desistir de aquel seductor tobogán. Una pandilla de siete u ocho niños : mis hermanos y mis primas. Misma edad , mismo espíritu aventurero, mismas picardías , mismos tonos para decirle a mi mamá: un ratito más!!
Ya nos habían llamado varias veces. Los  chicos gitanos se habían sumado y trajeron además un carting , de esos caseros , con rulemanes y nos estaban enseñando  a lanzarnos por la bajada!! Qué adrenalina!!
Sin darnos cuenta el sol bajó allá en el horizonte de casas, se escuchó al mismo tiempo una voz que tronaba para que regresáramos , se llevaban a mi prima de la oreja!! Era mi tía con un cinto en la mano y mi mamá.
Corrimos todos aún jugando al galope de caballos.
Las caras  sucias , los pies marrones.
Entramos como tromba  a reclamar la leche. 
Nos mandaron a lavarnos y a medida que salíamos del baño otra de mis tías nos sacudía la ropa.
Mi mamá miraba con angustia hacia la noche que ya se aproximaba.
_Vamos es tarde , estamos casi en el toque de queda.
Salimos apurados , mi madre caminaba a paso rápido, era difícil seguirla. Llevaba en brazos a mi hermano pequeño. Avanzamos en silencio unas cuatro cuadras por la subida.
Mi hermanita empezó a lloriquear porque se tropezaba  e iba medio volando .
Cambio de planes, mi hermano mayor llevaba al bebé y mi mamá alzó en brazos a mi hermanita.  Yo me agarraba   del vuelo de su vestido.
Estábamos a punto de cruzar la barricada de los soldados, entre quejidos y llantos silenciados.
Se sintió que avanzaban camiones. Mi mamá miró su reloj.
Alcé los ojos para mirar justo cuando los camiones se detuvieron y de un brinco bajaron los soldados.
Aún recuerdo el sonido de las botas.
Fue justo cuando de un tirón , mi madre nos había zambullido en medio de una planta que nos dio cobijo en medio de un jardín. Era un matorral leñoso, un arbusto cubierto de florecitas amarillas y rojas. Nos acurrucamos junto con ella bajo la planta.
_Estamos jugando a las escondidas, shhh. No nos puede  ver nadie, hagan silencio.
En el más abrumador silencio  sentí el terror por primera vez.
Lo tengo guardado en la memoria  bajo la forma en que mi madre me sujetaba la muñeca.
Por entre las hojas observé.
Pasaban los soldados corriendo, pateaban las puertas de las casas , las puertas se abrían y veía las piernas de los habitantes huir hacia dentro.
Escuché disparos de los soldados, escuché las botas marcando el paso. Y escuché el latido del corazón de mi madre que nos abrazaba y nos tapaba la boca.
Allí estuvimos escondidos .
La noche se puso oscura, los soldados ya no estaban . Yo abrazaba a mi hermanita, mi hermano me abrazaba a mi  y mi madre nos abrazaba a todos.
Sentimos el motor de un coche conocido, era el coche de mi padre. Se detuvo justo ahí.
Salimos, en medio de una mirada de reproche, subimos al auto en silencio.
Aún con el corazón en la boca.
Nadie hablaba. Nadie preguntó nada .
Yo pensaba: cómo nos encontró? Cómo sabía donde estábamos?
Y todavía faltaba cruzar la barricada de los soldados y llegar a casa.
_Alto! Quién vive?! Encienda las luces.
Nos apuntaban los soldados. Mi padre dijo que volvíamos del hospital de llevar al bebé.  Mi madre estaba pálida. Mi hermanito dormía y se quejaba.
Nos miraron apuntándonos con sus armas a cada uno de nosotros. Un montón de niños asustados.
Le dijeron algo a mi papá sobre el toque de queda. Y mi papá contestó: no volverá a suceder.
Y nos dejaron ir.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Vacío



Caminaba apenas dos cuadras hacia la escuela, a la vuelta de mi casa.
la primera, cruzaba un sector arbolado , con barricadas de los militares en el que por la noche se escuchaban metrallas.
Luego, hacía una cuadra de casas. Un    barrio obrero, todas las viviendas  eran muy parecidas.
Solía  ver a las mamás de mis compañeros o las abuelas , barriendo bien temprano .
Era un bullicio tenue, agradable , bajo las flores de azahar en las veredas, con piares de pájaros y los amables buenos días de las amas de casa.
Me gustaba caminar por esa cuadra llena de luz y de vida afable. Sentía que me auguraban buen futuro cada vez que elogiaban mi guardapolvo blanco , bien planchado, o me preguntaban que iba a aprender  ese día.
y luego...
vi la guerra desde el techo de mi casa por la noche.

 Por  la mañana más de la mitad de las viviendas estaban vacías, con las puertas y ventanas baleadas.
Vi  rastros de sangre como si hubiesen arrastrado una persona herida desde el interior .
Las huellas de las botas de los soldados marcadas en la sangre de las veredas .
Había sólo dos de las diez señoras barriendo ese día.
Una semana más tarde ya no quedaba nadie.
Ni mis compañeritos , ni sus abuelas , ni sus hermanitos, ni sus padres.
Todos los días que siguieron durante todos los años de la dictadura seguí haciendo ese recorrido para ir a cualquier sector de mi barrio.
no alcanzaba a comprender qué había sucedido.
 Por qué todos mis vecinos de esa cuadra habían desaparecido.

No entendía por qué nadie decía nada! 

Ausente

La madre de Ana …que no está.

No había respuestas, simplemente no estaba.
Se habrá muerto?
Me daba pena una niña que no tenía a su madre que la peine ni que la consuele cuando le caían lagrimones por las mejillas llenas de tierra.
Porqué  no está  tu mamá? , nunca está .
Ella me miraba con tristeza y no respondía.
_No te puedo decir.
_¿Se murió?
_No sé.
_Y ¿dónde está?
_No sé.
_Y ¿cuándo va a volver?
_No sé.
_Pero , ¿cómo no sabés donde está?
_No sé , nadie sabe.
_Y tu abuela ¿ no te dice? (Las abuelas suelen saber de todo.)

Les pregunté a mis padres porque no tenía mamá mi amiga Ana.
Se miraron en silencio y dijeron_ a lo mejor se tuvo que ir lejos  o está desaparecida...
Un día, ya en democracia, mi amiga lloraba porque su mamá volvió .

Pero no estaba bien. Apenas hablaba y no abrazaba a nadie.